Rush GonzálezAcerca de la ideología del rock. Una meditación en torno a la contracultura
El presente es un breve recuento de una prolongada investigación
acerca del fenómeno rock. Indudablemente, este último es uno de esos
raros acontecimientos sociales que se dejan estudiar desde diversas ópticas y
por distintas disciplinas, pues su rostro es multifacético en varios sentidos:
además de ser una expresión del arte, posee una fuerte carga ideológica. Mi
punto de partida se sustenta en la cabal convicción de que la esencia del
rock se corresponde con una ideología irreverente —por así llamarla—, la
cual se irá desplegando a lo largo de la exposición.
El rock es una creación
cultural, un acontecimiento social de mediata datación, lo cual facilita y, a la
vez, matiza la complicación metodológica de su estudio. Desde la radiografía de
la epistemología de las ciencias sociales y humanas se destaca que para estudiar
y, a su vez, explicar cualquier creación cultural, ya sea teórica o histórica,
resulta muy útil y práctico contextualizar cada fenómeno en medio de dos
vectores —por así decirlo—, uno vertical y otro horizontal; el vertical
representa el conjunto de los antecedentes teóricos que habrán de ayudar a
comprender los sucesos, mientras que el horizontal representa la circunstancia o
el contexto histórico donde acontece dicho fenómeno. Ningún fenómeno social o
creación de teoría se explica por sí mismo ni por sí solo: a cada acontecimiento
social le anteceden ciertos móviles económicos y políticos, y a cada invención
de teoría le antecede cierta condición teórica e ideológica, así como cierta
realidad material. Este esquema de interpretación es ya sugerido, de alguna
manera, por Marx cuando alude a la necesaria dependencia entre la estructura y
la superestructura; sin embargo, la formalización de este cuadro cartesiano
presentado como herramienta metodológica para el análisis de los acontecimientos
históricos, ya sociales, ya de teoría, se debe a Eduardo Nicol (Cfr.
Nicol, 2001: 37).
Cualquier conclusión teórica es osada y
atrevida, en cierto sentido: es una apuesta, que en el mejor de los casos
pudiera ser afortunada. En este sentido, quizá sea demasiado arriesgado intentar
reconstruir los matices y perfiles generales de una ideología que, juzgo,
pertenece al rock; sin embargo, al acercarme al estudio de este
acontecimiento y al abordarlo mediante esta metodología (horizontal y vertical),
he ido descubriendo que efectivamente el rock desde sus inicios venía
dispuesto con una fuerte carga ideológica. ¿Cuál es la ideología del
rock?, ¿qué efectos colaterales ocasiona esta ideología, tanto en la
generación juvenil actual como en la predecesora?, ¿sobre qué bases teóricas
estuvo o está sustentada la ideología del rock?
El estudio de los acontecimientos
sociales suele ser mediante variables, las cuales por antonomasia son
irrepetibles y no controlables; esto, en cierto sentido, es una desventaja
contra la objetividad, pues inhibe el anhelo de poseer una respuesta cabal o
final respecto al fenómeno de nuestro interés. Sin embargo, ello también trae
cierta ventaja para el estudioso, pues, a falta de una verdad acabada, se hace
propicia la recepción de distintas interpretaciones respecto a un mismo tópico.
En las ciencias, ya sean sociales o naturales, no tienen cupo los problemas
personales, sino los modos personales de entender los problemas comunes o
generales. El conocimiento ahora se construye orquestalmente, es decir, mediante
el concurso de todas las voces posibles.
Para esta exposición, se ha optado por
el marco de análisis marxista, tanto de la cultura como de la ideología. Esto
por dos razones principales: en primera, el marxismo ofrece todo un aparato
metodológico aceptable para el análisis de la cultura, el cual posee todavía
vigencia en algunos presupuestos importantes, como el de la relación entre la
estructura y la superestructura; en segunda, porque quien escribe estas líneas,
al tratar de explicar las razones genealógicas del rock, fue percatándose
de cierto hilo tenue que identifica el rock con cierta orientación del
marxismo.
Apresurando una inferencia, se podría
decir que un elemento de coincidencia entre el rock y el marxismo sería,
sin duda, que en ambos se reconoce la puesta en marcha de un movimiento de la
sospecha, pues delatan y desenmascaran un sistema de cosas que se jacta de ser
racional y justo, y en contraste exponen públicamente las paradojas internas de
dicho sistema.
Con lo anterior no se está expresando
que la ideología del rock sea una consecuencia del marxismo, no,
simplemente en esta exposición se ha elegido partir del esquema marxista para
intentar analizar la ideología del rock concebida como contracultura.
Esto tal vez pueda remarcar cuán arbitraria suele ser la decisión metodológica
por parte del investigador en el desarrollo de las ciencias sociales; pero, más
que arbitraria, se diría que es indispensable, ya que el investigador ha de
elegir las estrategias metodológicas más convincentes para el desarrollo de la
investigación, según el objeto específico de investigación.
Un análisis como el presente resulta de
suma importancia porque intenta abrir un camino en la reflexión en torno al
rock concebido, además de como mero movimiento artístico-icono-musical,
como movimiento ideológico, el cual desde sus inicios dibujó el anhelo de
transformar su sociedad y protestar contra la condición unidimensional en que ha
caído el hombre contemporáneo.
Para afianzar los trazos de lo que
considero ideología del rock, he acudido a cuatro fuentes: el
psicoanálisis del adolescente, de Herbert Marcuse, y las letras de tres
baluartes, Bob Dylan, Pink Floyd y King Crimson. Concluyo este trabajo afirmando
que el rock como contracultura es hoy una realidad caduca, mas su
porvenir está garantizado por la senda de la expresión artística.
Se dice en el argot marxista que la
noción de 'cultura' envuelve el conjunto de todos los aspectos de la actividad
transformadora del hombre en su constante comercio con la naturaleza. Para éste,
la cultura posee dos estratos: una base material, constituida por la fuerza
laboral y las relaciones materiales de producción; y, por otro lado, el conjunto
de todas las manifestaciones y creaciones espirituales. Ciertamente existen
diferencias tácitas entre la cultura material y la cultura espiritual. Con la
primera se encuentran relacionados, como ya se mencionó, todos los bienes
materiales, todos los medios de producción. La segunda comprende la suma de
todos los conocimientos, las formas del pensamiento, las distintas producciones
del espíritu y, en general, la esfera de las concepciones de la realidad:
filosofía, ciencia, derecho, religión, etcétera; estos elementos de la cultura
se hayan vinculados indisolublemente. La actividad productiva del hombre es el
fundamento de su acción en las demás esferas de la vida. Por otro lado, los
resultados de su actividad psíquica se materializan transformándose en cosas, en
medios técnicos, teorías científicas o en obras de arte. Así, el descubrimiento
y descripción fenomenológica de una proteína para el crecimiento de los animales
de corral forma parte del mundo espiritual, mientras que su empleo para atender
la desnutrición de la sociedad forma parte de la cultura material.
Las raíces de la cultura se remontan
hasta las profundidades de la historia, surgen por obra del ser humano. Al hacer
alusión al origen de la cultura es preciso mencionar que surge como consecuencia
de la aparición del hombre. No hay cultura sin ser humano, tampoco hay hombre
sin historia. Por ello, puede afirmarse que la cultura y la historia surgen
simultáneamente con la emergencia del hombre. Por 'cultura', grosso modo,
se entiende el conjunto de transformaciones facturadas por el hombre en su
comercio con la naturaleza. La cultura es sobre-naturaleza.
Marx diría que la cultura no es don
natural porque requiere, necesariamente, de la mediación de la razón. El
desarrollo de la cultura indica el grado en que el hombre domina las fuerzas de
la naturaleza, el nivel de evolución en que se encuentra, el alcance de sus
conocimientos, el perfeccionamiento de sus capacidades, etcétera. Al modificar
el ambiente, al adaptarlo a sus necesidades y exigencias, el hombre crea el
medio cultural del que forma parte: los recursos técnicos, la vivienda, los
servicios comunales, los medios de subsistencia.
Cada formación social o comunidad se
caracteriza por disponer de un grado propio de cultura material y espiritual.
Ahora bien, para conseguir el paso de un grado de desarrollo cultural a otro, se
apoya siempre en la utilización de los logros culturales del pasado, sin los
cuales no sería posible el avance de la sociedad. En toda sociedad prevalecen
ideas, puntos de vista, regímenes de derecho, costumbres y normas de moral que
reflejan la intencionalidad del grupo o grupos que pregonan o enfatizan algún
ideal (Cfr. Diccionario marxista de filosofía, 1980: 64-65) del
mundo, del hombre o de la sociedad misma.
De acuerdo con lo mencionado y también
con el análisis marxista de la cultura, esta última está compuesta por dos
sustratos: una estructura de base y una superestructura que se levanta sobre
aquélla. Las relaciones materiales de producción constituyen propiamente la
estructura; sobre esta base se fundan y levantan las distintas creaciones
espirituales, de entre las cuales interesa destacar las ideologías. Según
Ludovico Silva, la "Ideología es un sistema de valores, creencias y
representaciones que autogeneran necesariamente las sociedades" (Silva, 1980:
27), y que sirven a su vez de bandera o baluarte de una determinada forma de
pensar. La 'ideología' es una forma de pensar en la cual encuentran acomodo
distintas maneras de entender al mundo, a la vida y al hombre. Todo sujeto porta
alguna suerte de ideología, lo cual le hermana con el grupo que pregona
similares concepciones.
La cultura nunca puede estar
desconectada del fenómeno ideológico. Cierto que la ideología de una cultura no
siempre es la misma, y también que en una misma cultura puede haber diversas
manifestaciones ideológicas. Podría decirse que la ideología caracteriza y
refleja la óptica en una determinada época; y, por otra parte, también permite
vislumbrar matices sobresalientes de la problemática real a la cual se enfrentan
los hombres de una determinada etapa histórica.
La 'ideología', en términos de Marx, es
una suerte de poder espiritual que anhela el dominio del pensar de los otros
grupos: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época;
o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material
dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual
dominante" (Marx y Engels, 1980: 45). Otro aporte al respecto es de Gramsci, el
filósofo italiano, quien acertadamente también ha expuesto que la ideología no
es más que una visión, una interpretación o concepción del mundo (Portelli,
1999: 117), la cual logra ejercer cierta presencia y dominio en proporción
directa con la fuerza del grupo que la pregona; es decir, una ideología se
tildará de hegemónica en función de la ostentación del poder. La ideología
dominante en algún bloque histórico determinado correspondería con el grupo
intelectual actual detrás del poder.
La ideología en una comunidad —como se
ha dicho— refleja, no sólo el estado de las relaciones materiales de producción,
también el estado y el tipo de hombre que se es y que se desea ser. En una
sociedad donde los ángulos de visión, así como los ideales de vida, son
evidentemente distintos, surgen y se reavivan perspectivas ideológicas
contrastadas, tanto respecto al sentido de la cultura y la vida como a los
intereses y metas. Michel Foucault ha descrito este panorama como una constante
tensión de fuerzas; no se trata, en primera instancia, de un diálogo, sino de
una competencia abierta entre ideologías, es decir, entre formas de pensar que
aglutinan a un grupo o clase social.
Ahora bien, considerada la historia
—por así decirlo— como un organismo en evolución, la ideología va a adquirir un
papel preponderante respecto a la cultura, pues no hay ideología que no
presuponga como condición a la cultura y, viceversa, no hay cultura que no lleve
implícita o expresamente alguna ideología marcada. Ideología y cultura son
factores paralelos, complementarios, y entre éstos no existe contradicción; de
hecho, la cultura —podría decirse— es el ámbito o el suelo donde germina toda
suerte de ideologías (esta noción era válida aun para el propio Marx). Sin
embargo, lo que interesaría resaltar es que todavía durante el siglo XIX no era
fácil sostener la hipótesis del antagonismo entre cultura e ideología; la
realidad y el pensamiento tuvieron que esperar unas cuantas décadas más, a
mediados del siglo XX, para aprehender de los hechos y cerciorarse de que
positivamente existía, ya no como posibilidad ni como hipótesis, un antagonismo
entre la ideología y la cultura.
Con lo expuesto no se está afirmando
que la ideología puede acaecer fuera de la cultura, ni que la cultura puede
estar privada de ideología, sino que cuando la ideología dominante acuña para sí
todas las determinaciones de una sociedad entonces se puede catalogar —según
terminología de Marcuse— como un establishment, es decir, un sistema
político y social que ordena y acomoda las cosas de acuerdo con su modo
homogéneo de concebir el mundo y la vida. Esto puede entenderse tanto por una
determinada circunstancia material como por el avance de los medios de
comunicación masiva, que contribuyeron fuertemente a la consolidación de la
cultura de masas propia del siglo XX. Los medios desde su surgimiento siempre
estuvieron al servicio de los dueños del capital y, desde luego, de los dueños
de la cultura "oficial". En estas circunstancias, la noción de
establishment puede equipararse con la noción misma de 'cultura', porque
esta última se ofrece como un complejo sistema cuasi cerrado dominante con
abiertas intenciones materiales hacia la homogeneización. Esta cultura
unidimensional —según terminología de Marcuse, insisto—, propia del primer mundo
en el siglo XX, es la que habrá de propiciar el surgimiento inédito de una
contrapropuesta cultural enarbolada por el rock.
Con la oposición real entre el cuerpo
tanto de la cultura como de la ideología oficial, por un lado, y la ideología
heterodoxa, por el otro, surgirá propiamente la llamada contracultura. No
obstante, si se rastrea un poco la genealogía de este término, se halla que el
primer planteamiento teórico al cual se le adjudica esta nomenclatura fue el de
Jean-Jacques Rousseau al proponer la sustitución de la cultura obligatoria por
la cultura placentera. Y, en efecto, toda contracultura —podría inferirse— es en
sí una propuesta alterna a la llamada cultura convencional o tradicional. Y, a
decir verdad, el estrato social más apto para encabezar esta "cruzada" en pro de
fórmulas alternas de cultura no es la gente adulta propiamente (ya que ésta se
encuentra sumamente enraizada en los profundos compromisos con la cultura
tradicional), sino la plataforma juvenil, la cual por naturaleza es inquieta,
inconforme y, sobre todo, rebelde; esto de acuerdo con el psicoanálisis de la
adolescencia, por cierto de factura reciente (Blos, 2000: 21).
Autores como Otto Rank o Erik Erikson,
asiduos estudiosos del perfil de la psicología del adolescente del siglo XX,
señalan que "pocas veces el joven se identifica con sus padres; por el
contrario, se rebela contra el dominio, el sistema de valores y la intrusión de
éstos en su vida privada, ya que necesita separar su identidad de la de ellos"
(Erikson, 1995: 50). El joven se rebela porque quiere hallar su lugar en el
cosmos; su puesto no es el que le confeccionaron sus padres, antes, bien, tiene
que rebelarse, es decir, ingresar en una suerte de crisis que lo conduzca hacia
el reconocimiento de su propia identidad. Rank precisa que "en la primera
adolescencia, el individuo sufre un cambio básico de actitud; empieza a oponerse
a la dependencia, al régimen de los factores externos: padres, maestros, etc."
(Rank, 1989: 61). Esta actitud antiinstitucional propia de la vitalidad
adolescente, reconocida por estudiosos de la conducta y de las estructuras
sociales, aunada a la atmósfera circunstancial de posguerra sin duda fueron
ingredientes definitivos para la acotación de lo que se ha venido contorneando
como contracultura. Otros autores suelen identificarla con la "revolución
cultural juvenil"; Luis Antonio de Villena, por ejemplo, menciona: "la gran
negación, es la separación, la destutelización por parte, sobre todo de los
jóvenes, de una sociedad, de una forma de vida, incluso de un ámbito familiar.
El no rotundo a un estado de cosas. Esta misma expresión sirve para
definir de forma general lo que se puede entender por contracultura" (De
Villena, 1975: 11).
Pese a esto último, considero que lo
destacable consiste en asimilar que la iniciativa contracultural se explica o,
mejor dicho, se funda en dos cimientos: la psicología del adolescente, por un
lado, y la circunstancia anómala de la posguerra, por el otro. Si a ello se
agrega el incentivo por parte de autores como Marcuse, Norman O. Brown, Paul
Goodman, entre otros, entonces se podrán hallar razones fuertes que descubran la
lógica de la irrupción de la contracultura juvenil enarbolada por el
rock.
El término 'contracultura' se perfila
desde el siglo XVII; sin embargo, esta primera concepción, por parte de
Rousseau, no pasó de ser sólo una bella intención teórica. Y fue en el siglo XX
cuando, por primera vez en la historia mundial, surge una manifestación social
in concreto para este propósito, encabezada y abanderada por toda una
generación juvenil.
La escuela neo-marxista, consciente del
tácito —por así decirlo— receso de la clase proletaria durante el siglo
anterior, buscó revitalizar de alguna manera los planteamientos hacia los
objetivos de la revolución: justicia y libertad; así como, el anhelo hacia la
transformación de las estructuras sociales. Uno de los requisitos para ello era
que el grupo o clase social que abanderase dicho baluarte fuese un tanto
exógeno, es decir, que no se identificara ni con la burguesía ni con el
proletariado. En este sentido, "fue Marcuse quien reconoció la necesidad de una
fuerza revolucionaria exógena desde el punto de vista histórico y aceptó los
movimientos de los estudiantes […] como las grandes opciones históricas frente
al proletariado" (Friedman, 1986: 245). Esto indica que Marcuse, por primera vez
en el transcurso de la historia universal, concibe y reconoce a los jóvenes como
agentes reales de la revolución social, alternos al proletariado. El joven
estaba naciendo por fin, asomando la cabeza a la historia universal.
Este señalamiento es importante porque
por primera vez se dicta acta de nacimiento de la juventud como agente eminente
de los cambios sociales. Cabe indicar que antes de este momento no se halla un
solo pasaje en la historia donde figure la juventud como agente de las
transformaciones sociales; entonces, la teoría sociológica le concede
posibilidad para entrar al relevo del proletariado.
La razón más radical del porqué el
proletariado nunca pudo efectuar ni mucho menos plantear, estrictamente
hablando, la contracultura se debe —desde mi punto de vista— a que éste, como
clase activa y sustentadora de la dialéctica del Estado, se encontraba sumamente
comprometido con la estructura convencional; además, sus teóricos le habían
delineado —como ya se dijo— metas de carácter económico y material. No obstante,
para que se diera la contracultura se debían invertir los términos, relegando
los aspectos económico y material a un segundo plano, pues habían sido ocasión
de enajenación; por esto, el objetivo de una contracultura no podía estar
representado por la economía.1
Para que surgiese la contracultura era
indispensable que una fuerza revolucionaria exógena —ya del proletariado, ya de
la burguesía, ya de la llamada cultura convencional— promoviera el cambio, desde
adentro de la sociedad pero desde afuera de las mismas cadenas ideológicas con
que el sistema convencional acostumbra atar. Esta fuerza revolucionaria exógena
será representada —según los teóricos de la Escuela de Frankfurt— por la "masa"
juvenil, a la cual Marcuse denominará "nueva" o segunda "izquierda".
La generación joven de mediados del
siglo XX, la generación de posguerra, sobreentendió, inmediatamente después de
dichas circunstancias, que el objetivo del proyecto capitalista y que la meta
del proletariado eran, en sí, similares trampas en favor de la enajenación,
caminos francos hacia la deshumanización, pues ambos fines pretendían, al
parecer, "un orden social que deshumaniza y simultáneamente impide darse cuenta
de la deshumanización" (Marcuse, 2003: 80).
Este tipo de sentimientos fueron
hallando lugar y forma en la expresión artística de los forjadores del
rock. Me podría atrever a aseverar que las canciones son muchas pero que
el mensaje de fondo parece uno: un grito en favor de la vida y el reclamo de
un gramo de felicidad. Dicho mensaje estuvo esparcido bajo muchas letras, y
para muestra quiero mencionar tres ejemplos, tres breves fragmentos de tres
eminentes representantes del rock: Bob Dylan, Pink Floyd y King Crimson.
Quiero aclarar que dicha elección es arbitraria, pero no por ello deja de ser
representativa; por otra parte, facilitará aún más el atisbo de la pieza medular
de la ideología del rock.
Evidentemente podría llevar un buen
rato comentar cada uno de los tres poemas citados, pero éste no es el propósito;
se desea enfatizar que por donde se mire, de alguna u otra manera, el mensaje se
trasluce en un grito abierto contra los valores convencionales, atesorados por
la generación adulta. En este enclave tiene lugar el acto de la rebelión, ya
mediante la denuncia, ya mediante la protesta. Es la voz de una generación joven
que se levanta bruscamente contra la adversidad, demarcando su puesto en el
cosmos mediante este tipo de expresiones.
La juventud de mediados del siglo XX
simplemente ya no creía en la idea de virtud, prostituida por los aferrados a la
cultura convencional. Una voz párvula, perteneciente al joven movimiento
revolucionario del rock, afirmaba allá por los sesenta: "para nosotros se
trata de no seguir aceptando un mundo que habla de paz, pero que tolera la
guerra, un mundo que habla de libertad, pero que acepta las hipocresías del
capitalismo, que habla de progreso, pero que sufre el sofocamiento de la
burguesía comunista" (Marcuse, 1973: 50).
Contracultura, teóricamente, es la
oposición, la discrepancia, entre el régimen convencional establecido y algún
otro modelo o paradigma emergente de cultura. La contracultura presupone un
enfrentamiento tanto de intereses como de medios y valores. Al respecto De
Villena menciona lo siguiente:
El rock es una contracultura por
su ambiente y anhelo, los cuales son expuestos de múltiples maneras en sus notas
alegres y en sus letras de canciones. ¿Cuál fue el ambiente que propició la
emergencia del rock?, ¿cuál fue el tenue anhelo que inspiró el
surgimiento del rock? El ambiente, indudablemente, fue la decepción
proveniente de la posguerra y, a su vez, su anhelo; fue hacerse un espacio para
la esperanza y el derecho a la felicidad. A partir de ello es posible entender
la razón por la que el rock surge con una fuerte tendencia y carga hacia
el optimismo, lo cual contrasta con otras voces del absurdo que decantan en el
quietismo: sólo una conciencia absurda es una esperanza derrotada. Con el
rock, sin embargo, se reavivan los sueños al anhelar con optimismo la
apertura al porvenir.
Vale la pena subrayar que el
rock, desde sus inicios, viene cargado con una gran mochila de optimismo;
más de un dicho popular reza: "con un poco de rock se arregla todo".
Claro que para que el rock cundiera efecto alrededor del mundo,
instituyendo la revolución cultural más importante del siglo pasado, se requería
de una sociedad mundializada, por no decir "globalizada", que los medios
de comunicación masiva se habían encargado ya de ir perfilando.
¿Cómo podría dilucidarse, grosso
modo, la ideología del rock? Ésta se podría atisbar rastreando los
dos propósitos fundamentales que —considero— justificaron el surgimiento del
rock: se buscaba un sistema de cosas en donde, acaso, imperasen mejores
condiciones y posibilidades de vida, donde tuviese cabida la intención de
pervivencia, libre de las amenazas de la guerra o de la muerte impuesta,
y donde en lugar de estas últimas fuese real la búsqueda de la felicidad.
El afán en el hombre joven por pervivir y la necesidad de la felicidad
constituyeron, desde este punto de vista, los dos objetivos propiamente dichos
del ideal del rock. Y en estas dos nociones, o anhelos, se contiene, a
grandes rasgos, el esbozo de la ideología del rock. El rock
comenzó precisamente como una forma de desenajenación, lo cual hace
suponer que debió de haber un proceso de concientización a través de los ritmos
y canciones respecto de su realidad, y en este sentido apuntaba hacia un modo de
liberación, es decir, un modo de diferenciación cultural, y lo que esto
conlleva: ideología y hábitos.
El hombre de la mitad del siglo XX era
un sujeto cuyo ser —según teóricos como Buber, Fromm, Mounier, entre otros— se
encontraba en una eminente banca rota: devaluado, extraviado de su contexto y
falto de dignidad. La corriente existencialista y el neo-marxismo fueron los
primeros en percatarse de ello. Ahora bien, uno de los movimientos que, además
de concientizarse, puso en marcha una acción concreta en pro de la
redignificación de lo humano, bajo la forma de protesta ante hábitos,
pensamiento y modales, fue precisamente el rock, mediante la negación de
los valores y las formas del establishment.
Se trataba de intentar la creación de
una cultura alterna a la convencional, oponiendo valores y prioridades; se
trataba, por ejemplo, de oponer lo rural al industrialismo, lo natural a lo
desechable, el amor a la guerra, la paz a la violencia, el altruismo al interés
mezquino, etcétera. Se pensaba que era posible la instauración de una cultura
diferente, es decir, se poseía la esperanza de la materialización positiva de
una contracultura, porque se anhelaba la dignidad terriblemente negada en la
guerra y en la sociedad gobernada por la tecnocracia.
En este punto, podría atreverme a rozar
tenuemente, desde el planteamiento propuesto, la actitud contestataria del
rock, y acercarla a la noción general del hombre rebelde del autor
francés Albert Camus; esto, con la finalidad de afianzar la esencia de la
contracultura, en cuyo corazón florece precisamente la rebeldía. Al respecto,
éste expresa: "la osadía del hombre rebelde consiste en su inconformidad con las
circunstancias adversas, en su rechazo a la alianza con la moral del
renunciamiento" (Citado en Malishev, 2005: 128). No es gratuita la coincidencia
de esta manera de concebir la condición humana por parte de Camus y la gestación
del rock: ambos abrazan la atmósfera de posguerra, ambos quieren
rebelarse y escapar de la adversidad.
Camus señala: "para ser, el hombre debe
sublevarse, pero su rebelión debe respetar el límite que ella descubre en sí
misma, allí donde los hombres, al unirse, comienzan a ser" (Camus, 2001: 30). El
hombre —para éste—, poseyendo una existencia envuelta en la finitud, decanta en
absurdo; sin embargo, posee la alternativa de romper ese círculo mediante la
rebelión, solidarizándose con su semejante en similar estado de desgracia. El
hombre rebelde frente a lo absurdo posee la alternativa de sublevarse, de
gritar, de protestar. Camus "afirma que hay algo en este mundo que tiene algún
sentido y es precisamente el hombre… La rebelión contra el absurdo es nuestra
primer manifestación de solidaridad" con los otros (Malishev, 2005: 138).
Este llamado a la rebelión es un punto
en común entre el rock y Camus. La rebelión a la que invita el autor
francés tiene como propósito afianzar al hombre en su condición finita al
trascender su actual estado de desgracia mediante la solidaridad con los demás:
el hombre se rebela contra la adversidad del absurdo solidarizándose con el
otro; la finalidad consiste en paliar el sufrimiento o el dolor del rostro de mi
semejante. El hombre se rebela para escapar de la ignominia; puede hacerlo
mediante distintos recursos: el arte, eminentemente, construcciones
espirituales, el pensamiento. Este propósito también adquiere materia en el
rock, el cual, al ser ideología y arte a un mismo tiempo, sirve además
como detonador de la animadversión.
En el movimiento rock podría
decirse que la ideología prescribe la puesta en marcha de la contracultura. En
una palabra, la ideología del rock es la contracultura. "La nueva cultura
opone a la visión científica del mundo de la tecnocracia […] la visión mágica o
visionaria. Ver el mundo como una realidad exaltada, como un himno.
Involucrarnos en las cosas, sentirlas… Ser-conciencia-gozo, visión mágica
del mundo, y el hombre pleno, dentro de la vida. Ésa es la meta final de
la contracultura" (De Villena, 1975: 152 y 157). La contracultura del
rock puede, abiertamente, también entenderse como una visión alterna
acerca de la vida y la meta del hombre en el mundo; su referencia evidentemente
se puede fincar en el contraste respecto a la cultura convencional. Considero
que esto legitima la posibilidad de sostener que el movimiento del rock
amaneció teñido de una fuerte carga ideológica, la cual se traslucía en el ideal
de una nueva vida coloreada de optimismo, contraviniendo muchas de las
formulaciones tradicionales.
El joven movimiento revolucionario
guardaba una enorme desconfianza respecto de la moral (tradicional) y de la
generación adulta, "hasta el punto que la rebelión se dirige contra una sociedad
funcional, próspera y democrática; es una rebelión moral contra objetivos y
valores hipócritas y agresivos, contra la religión blasfema de esta sociedad,
contra todo lo que ella acepta seriamente, contra todo lo que profesa y al mismo
tiempo atropella" (Marcuse, citado por Friedman, 1986: 297). En lo anterior
hallo, una vez más, la ocasión explicativa para derivar la contracultura del
rock.
La revolución juvenil comenzó adoptando
una postura crítica, y optó —como una de sus primeras estrategias— por abandonar
los hábitos que la cultura tradicional le había venido inculcando con mucho
fervor y pasión. Resultado de esto fue la institucionalización de un nuevo tipo
de asociación en donde se buscaba, ante todo, recobrar la cualidad humana, tan
fuertemente negada por el consumo y la tiranía de la técnica. Se trataba de
ensayar una relación intersubjetiva pero no alienada: "los jóvenes de las
comunas tratan de establecer las relaciones no alienadas entre los seres
humanos" (Marcuse, 1973: 10). Esto implica necesariamente, a pesar de los
múltiples comentarios de los llamados especialistas del rock, el rechazo
abierto a la moda y a las distintas formas de consumismo (otra cosa ya fue la
intromisión posterior del capital de empresas, así como el espectáculo); "el
movimiento juvenil protestatario rechaza las normas y las exigencias de la
sociedad consumista" (Marcuse, 1973: 67).
Indudablemente, el rock ha sido
el movimiento juvenil más contestatario a lo largo de la reciente historia
universal, y por lo mismo revolucionario. Su revolución se puede contar en la
medida en que éste vino a derribar las fronteras geográficas, lo mismo que
estratos sociales y raciales, entre los jóvenes de la segunda mitad del siglo
XX. Éste, sin embargo, a lo largo del transcurso de los días habría de ir
cediendo ante el llamado del consumo, de la mercancía, y por lo mismo podría
ponerse entre paréntesis su capacidad transformadora de las estructuras
sociales.
Cabe señalar que la contracultura
emprendida por el rock, en el primer mundo occidental, estaba implicada y
se reflejaba necesariamente en la ideología que profesaba. Esta ideología no
sólo chocaba contra la oficial, también chocaba contra la ideología misma del
proletariado; su fin era alcanzar una civilización superior, bosquejada por una
parte del psicoanálisis de Freud y por el ideal de justicia de Marx, en donde se
pudiera reconocer al hombre como lo que es y en donde no se traficara con su
dignidad. Al respecto, Marcuse, el gran ideólogo de la revolución juvenil,
ofrece un bello retrato del ideal social derivado de los anhelos del
rock: "así la hipótesis de una civilización no represiva debe ser válida
teóricamente, demostrando primero la posibilidad de un desarrollo no represivo
de la libido bajo las condiciones de la civilización madura […] la liberación
podrá crear nuevas y durables relaciones del trabajo" (Marcuse, 2002: 67,
150).
Con esto se observa que la cultura del
rock consiste en la contracultura, pero en un sentido más profundo y
sincero; esta contracultura pretende ser la cultura, ya que ésta por naturaleza
es creatividad. La contracultura del rock, por antonomasia, podría
definirse como contrapropuesta, como oposición, en primer lugar a la violencia
oficial y a la desesperanza, y en segundo lugar al mercantilismo y al
consumismo, propios de una civilización que acostumbra uniformar las mentes y
los gustos.
Finalmente, quiero apostillar que en
México y en Latinoamérica en general tanto el rock como las protestas
estudiantiles y juveniles adquirían una orientación y un compromiso distintos, a
diferencia de los suscitados en el primer mundo occidental: mientras allá el
rock pretendía rehumanizar, aquí se erige como una bandera contra la
pobreza, como una protesta contra los malos gobiernos y la falta de democracia,
y paradójicamente contra la dependencia.
A manera de conclusión
Se ha intentado en las líneas
anteriores hacer un breve recuento del origen y el significado de la ideología y
la contracultura del rock. Podría preguntarse ahora: ¿hasta qué punto
todavía es vigente una propuesta alternativa de cultura como la dibujada en
líneas atrás?, ¿cuáles fueron, en efecto, los cambios que se introdujeron en la
cultura por vía del rock? Las circunstancias actuales no son las mismas
que abrigaron el nacimiento del rock, éstas quizá se han agravado aún
más, y al parecer no hay frente a nuestro horizonte un movimiento análogo como
otrora fuese la contracultura. Lo cierto es que vivimos una época en donde
predomina el mecanomorfismo, es decir, la tendencia del hombre de
semejarse a una máquina. Hace falta algo, un pretexto para que el hombre
despierte de ese sueño denominado realidad oficial.
No existe ya la revolución del
rock; ésta, para mi gusto, es una experiencia caduca. El rock ya
no desenajena; por el contrario, suele enajenar y vuelve pasivos a sus
receptores. En este sentido, no podría seguirse confiando o esperando una
transformación social por vía del rock. La revolución rock
—repito— es una experiencia agotada. La contracultura deja de ser tal cuando es
asumida o absorbida por el establishment. La contracultura del
rock fue absorbida por el sistema, lo que confirma, una vez más, que
aparentemente vivimos en una sociedad sin alternativas.
En la actualidad, ideológicamente el
rock —podría afirmarse— es impotente. Sin embargo, aún continúa siendo
una fuente inagotable donde y por la cual el arte se recrea. El rock como
expresión artística ha transitado por un largo trecho, el cual va del optimismo
más espontáneo al pesimismo consumado y profundo del Doom, o bien desde
la nota más sencilla y repetitiva hasta la creación y ejecución de una obra
magistral y matemáticamente perfecta.
El rock, entendido como arte,
tiene todavía más porvenir; experimenta con sonidos y con instrumentos propios
de cada región. El rock, como movimiento artístico, no ha cesado de
buscar nuevos cauces. En este sentido, podría decirse que todavía hay
rock para rato. La otrora rebeldía social del rock ahora puede
traducirse como la rebeldía del artista. LC
Nota
1
Resulta cierto que la concepción historicista posee muchas virtudes,
entre otras la de haber mostrado que el ser del hombre es producto de la acción
de él mismo; sin embargo, como toda postura teórica y filosófica, posee
elementos discutibles. Al respecto, puede consultarse la obra Los principios
de la ciencia, de Eduardo Nicol; principalmente, el capítulo IV sobre la
causalidad histórica.
Bibliografía
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la adolescencia, México, Joaquín Mortiz.
Camus, Albert (2001), El hombre rebelde, México, Alianza. Diccionario marxista de filosofía (1980), México, Edición de Cultura Popular. Erikson, Erik (1995), Infancia y sociedad, Buenos Aires, Amorrortu. Friedman, G. (1986), La filosofía política de la escuela de Frankfurt, México, FCE. Malishev, Mijail (2005), En busca de la dignidad y del sentido de la vida, México, UANL/Plaza y Valdés. Marcuse, Herbert (1973), "Causas de la rebelión juvenil" (entrevista), La rebelión juvenil, Barcelona, Biblioteca Salvat. _____ (2002), Eros y civilización, México, Ariel. _____ (2003), El hombre unidimensional, México, Ariel. Marx, Karl y Friedrich Engels (1980), "La ideología alemana", en Obras escogidas, vol. I, Moscú, Progreso. Nicol, Eduardo (2001), Los principios de la ciencia, México, FCE. Portelli, Hugues (1999), Gramsci y el bloque histórico, México, Siglo XXI. Rank, Otto (1989), Will Therapy and Truth and Reality, New York, Knopf. Silva, Ludovico (1980), Teoría y práctica de la ideología, México, Nuestro tiempo. Villena, Luis Antonio de (1975), La revolución cultural. Desafío de una juventud, Madrid, Planeta. |
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